De todos los planes consumados que moraban en las calles, ninguno la incluía a ella.
No le quedó mejor alternativa que abrirse las puertas de su alma a sí misma, es decir; darse la bienvenida a su casa, su espíritu, su templo, ese enigmático laberinto decorado con sus vicios y virtudes.
Pasó y se sentó cómoda, sobre un cúmulo de angustias que disfrutaba de asfixiar. Por primera vez en muchas lunas, la aparente inmutabilidad no le causaba turbación alguna. Exceptuando la ondulante cortina que danzaba al ritmo de una cálida brisa, todo estaba quieto. Una noche perfecta para un vestido sensual, velas, y el mejor vino.
Rompió con la quietud para deleitar sus oídos con música de su agrado, y mientras la voz de la independencia cobraba vigor, descorchó un Cabernet del color que vestían sus labios. Entregada a la atmósfera que había logrado casi por azar, casi por obligación; se recostó sobre el sillón que apuntaba hacia la Cruz del Sur, procurando, eso sí, no arrugar su vestido.
A la tercera copa se invitó a bailar. Cantó y se rió de sí misma hasta el mareo, liquidando el último trago entre platillos, contrabajos y trompetas.
Aquella noche se reconcilió con su tiempo presente. La nostalgia se transformó por un momento, en la aceptación de sí misma.
Al despertar siguiente encontró una nota que parecía estar escrita con su propia letra, en ella se leía:
“Amanda: éste es el triunfo de la libertad, sobre antiguas derrotas.”



