Cuando Sofía decidió privarse del habla, lo hizo sin darse cuenta que venía practicando cierto mutismo hacía varios días. Ignoraba que muchas veces quedarse mudo no es una elección, sino una necesidad; y en el peor de los casos, una desgracia.
Cuantas menos palabras pronunciaba por día, tanto más agudo se volvía su sentido auditivo y visual. Llegando a la noche, el caudal de sus diálogos internos le producía una fatiga inusual.
Sofía no estaba triste, la tristeza era un lujo que había quedado muy atrás. Ella simplemente no quería dar, signos de existencia. ¿Un antojo, un capricho, una manifestación del horror? Conjeturas. Lo cierto es que a cada oportunidad de verbalización, desistía, como dominada por una fuerza superior. Cuando su entorno advirtió esta alteración etológica, la mujer se vio en situación de intervenir, improvisó que se hallaba muy bien y que estaba “practicando una suerte de retiro espiritual que la obligaba a evitar la conversación”. Nadie cuestionó nada. Nadie, nada. Y para ella fue todo mucho más fácil.
Pasó un buen tiempo y llegó el día de retornar. Lo hizo con una canción, cantó con voz alciónica. Prescindir del habla había sido una experiencia maravillosa, tan profunda como dolorosa.




