Aquí se derrama la ruptura del silencio.
Otra vez se encontró frente al desafío de su hermosura. Sus piernas se mantuvieron firmes, aferradas a la tierra como nunca antes. Ni un halo de su encanto infalible perturbó su sonrisa serena. Pero cada vez que él retorna a la intermitencia, no sin antes dejarle la marca indeleble de su indómita existencia, un vacío inabarcable la consume . Vuelven las horas lentas, el deseo se convierte en una vorágine imposible de contener, y en el epicentro del desasosiego un enigma sin respuesta provoca su instinto asesino. Entre ellos ocurre el milagro: el amor y el deseo estallan en un solo grito. Toda la extensión de sus cuerpos está diseñada para alcanzar la completitud en un abrazo. ¿Cómo es posible que tanta simetría los separe por siempre?
Ella elige el camino más tortuoso y lo perdona en nombre del amor; el absuelto se ama así mismo de manera olímpica, y le regala su mirada diáfana, del color de la miel, de sabor amargo; donde puede verse claramente, su pertenencia a sí mismo.

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