Volvieron a sentarse junto al ventanal, en aquella mesa hecha para dos. La tarde depositaba una liviana niebla sobre el mar. Ésta vez no hubo necesidad de esperar, Fernando ya estaba allí. La noche cayó como un rayo y se instaló en la garganta de Amanda.
Se miraron un minuto, disfrutando el silencio inventado.
Sentados los dos, frente a frente,
en un duelo de miradas distantes.
Se burla mi risa de los límites del espacio
y sin dudarlo un instante,
apuesto la cordura antes de descifrar
lo que sus ojos tienen ganas de decirme.
Sí: soy suicida,
una suicida de la razón.
Del otro lado está usted,
sin saber si recibirme o esquivar bruscamente
el envión de mi llegada.
Aturdido,
oscilando entre el miedo
y el gusto por lo impedido,
queriendo deslumbrar nuevamente
ese corazón cubierto de callosidades,
buscando inevitablemente un sentido
que justifique su próximo movimiento.
El sentido no se presenta.
Usted,
se queda inmóvil, pero baja la mirada.
Yo,
detengo mi vuelo precipitado,
y siento que todo quema por dentro.
Entonces vuelvo a mi centro,
respiro profundo
y casi demente,
voy extirpando todo lo bello
que su ser me dejó,
antes del homicidio de su cobardía.
Alto y delgado, hábil en el diálogo, de cabellos oscuros y tez clara. Atento en los modales, mirada viril y sonrisa inefable. Cuando la ternura lo invadía, solía fruncir casi imperceptiblemente el costado izquierdo de su nariz. Enigmático. Así era Fernando.
Casi de su misma estatura, joven y de movimientos alegres. Su delgadez completaba en Fernando el vacío de un abrazo ausente. Sus ojos eran territorio de la luna, y su corazón blando como el agua. Así era Amanda.
Insistente imagen me arranca de lo cotidiano.
Jamás el futuro fue tan incierto.
Busco adentro mío restos de su llegada y lo encuentro, latente en todos mis rincones… porque hoy… hoy no logro darle forma con palabras, y así, hecho sombras, esparcido su cuerpo por el aire, me invade nuestro recuerdo desde la venas hasta el filo de mis garras.
para entrar al paraíso.
Me dejo caer,
casi fuego casi agua,
respiro de tus ojos...
y antes de tocarte,
te libero de las prendas
que cubren tu hermosura.
Cayendo voy,
como cae un ave con el ala herida,
porque sé que estás,
porque te veo esperarme,
porque tus piernas te sostienen,
y me dan la bienvenida.
En algunos espíritus la sed cognitiva no acusa límites. Estos seres suelen tener muy acentuado como impulso motor de sus acciones, la marca del deseo.
El conocimiento es una vía eficaz hacia la satisfacción del deseo, pues nos dota de un poder en virtud de cuyo ejercicio, adquirimos posesión. Este mecanismo resulta fatal, si además de anhelar conocimientos, admitimos desear lo que no poseemos. El deseo queda aniquilado y su energía muta, en cuanto el mismo ha sido satisfecho mediante la posesión proporcionada por el conocimiento. Qué terrible contradicción radica entre ser un necio o un buen entendedor.
En aquel presente interminable, Amanda creía haber perdido todo, excepto la vitalidad. Ya no le alumbraban con encanto las palabras, ni era su cuerpo un frenético torbellino de emociones.